domingo, 31 de marzo de 2013

Capítulo 44. La revelación de Silvia.


Kevin la miró dubitativo. No recordaba del todo bien las facciones de la cara de la niña, pues hacía muchos años que no la veía, pero algo le llamó la atención, y la reconoció al instante.

-Sí, es ella... -Dijo al fin, y mi aliento se congeló por algunos instantes. ¿Cómo podía ser posible que no hubiese crecido en todos esos años? ¿Cómo podía ser que no la hubiese visto nunca en todos estos meses? ¿Cómo pasó todo? ¿Era acaso un fantasma? Ahora la que se estaba volviendo loca era yo, y demasiado...

-No es necesario que respondas, Prisscilla. -Informó Silvia.- Yo te lo contaré todo.

Kevin y yo nos sentamos en la cama, e invitamos a la pequeña, aunque con mucho miedo, a sentarse con nosotros, y a explicarnos todo lo que tuviese que aportar de información al respecto sobre aquel misterio aún no resuelto.

-Kevin, has crecido, y mucho... -Comentó Silvia.- Te recordaba más... Menos... Es decir, eres distinto.

-Sí, he cambiado en estos años. Pero siempre quise ir a ayudarte, Silvia... No nos conocíamos personalmente, pero cuando cruzábamos nuestras miradas de casualidad en el jardín, que antes compartíamos, pues la valla es posterior, podía apreciar en tus ojos una llamada; pedías ayuda. Me hacías una advertencia: "Vete muy lejos. Ponte a salvo, pero pide ayuda para mí...". Eras presa de la desesperación...

-Kevin, Prisscilla, os lo contaré todo. A ti, por ser mi vecino y mi única esperanza todos estos años de salvación. -Comentó, mirando a Kevin.- Y a ti, Priss, te lo contaré todo porque vives aquí, en mi antigua casa, y creo que deberías saber la verdad; esa que tus padres ignoran, y que nadie en el pueblo os contará jamás, porque están bajo juramento...

-¿Cómo bajo juramento? -Interrumpí, sorprendida.

-Cuando mis padres escaparon, la casa se quedó vacía; abandonada. Entonces, para poder beneficiarse del dinero al ponerla en venta, el alcalde del pueblo hizo jurar a todos los vecinos que jamás contarían nada de lo sucedido, pues creían que eso podría perjudicar la venta de la vivienda. Estaban más que seguros de que una casa en la que había muerto una persona no sería sencilla de vender, ni rebajando considerablemente el precio. -Hizo una breve pausa y prosiguió.- Y en cuanto a mi habitación, bueno… Digamos que decidieron tapiarla, pero no destruirla. Son demasiado supersticiosos, por lo que consultaron a un para-psicólogo. Este les comentó que mi alma estaba resentida, que tenía mucha rabia que desprender y que, al no haber cumplido mi misión en este mundo, no me marcharía. No podría arriesgarse a vender la casa y que luego escuchasen gritos, lamentos, sollozos, así que insonorizaron lo que antes había sido mi habitación y la tapiaron. Para que no se notara nada, colocaron un gran armario en el lugar donde antes había estado la puerta, y esperaron a ver qué tal salía dicha operación.

-Pero Silvia… -Intervine.- ¿Cuál es tu misión en la Tierra? -Pregunté, con curiosidad.

Silvia me miró, con una expresión pensativa. Y, acto seguido, respondió…

-Mi misión es ser una niña feliz, disfrutar como niña que soy. Mis padres no quisieron darme eso, y, por tanto, no me puedo marchar hasta que no lo cumpla. Todos los niños somos enviados para vivir como tal, para crecer y para tener una vida. Aquellos que morimos antes de conseguirlo, no podemos obtener el descanso eterno… -Una lágrima transparente recorrió el bello rostro de Silvia, y me sentí muy apenada de repente.

-Está bien. -Comentó Kevin.- Tengo una gran idea para que puedas obtener ese descanso eterno que tanto te mereces. -Silvia y yo lo miramos anonadadas. No sabíamos qué idea había tenido, pero estábamos impacientes por averiguarlo.- Haremos todo lo que hacen los padres con sus hijos cuando son pequeñitos. ¿Te parece, Silvia? Para empezar, iremos al parque, y te montarás en los columpios, después, podríamos ir a la piscina, a comer al bosque y a recoger flores, además de dar un paseo por el pueblo. ¿Te apetece, Silvia? 

-¡OHH! ¿Enserio haríais todo eso por mí, chicos? -Preguntó la niña, entusiasmada.

-Todo eso y más, Silvia. -Respondí yo.- Me parece una idea genial la que ha tenido Kevin. ¿Cuándo nos ponemos en marcha?

Poco rato después nos encontrábamos todos frente a la puerta de mi habitación, con una mochila llena de provisiones por lo que pudiera surgir. Íbamos a pasar un gran día junto a la niña. Iba a ser nuestro primer día como padres, a pesar de que ella no era nuestra hija, ni tampoco lo habríamos deseado, dada nuestra corta edad. Más bien me hacía a la idea de que era una hermana pequeña.

-Bueno, ¿estás lista, Silvia, para pasar un día en grande? -Quiso saber Kevin.

-¡¡SÍ!! -Exclamó la pequeña, con todo el entusiasmo del mundo.

Bajamos corriendo las escaleras, contagiados por ese espíritu infantil que todo lo mueve y lo remueve, que todo lo vuelve imaginativo, lleno de locura y de imaginación, donde absolutamente todo lo que recorre tu mente es posible, donde nada malo puede arruinar tu ilusión…

-Papá, mamá, nos vamos a ir a comer fuera. Siento que os hayáis enterado así de golpe, pero hemos pensado que podríamos pasar un día genial con Silvia.

Y, antes de que pudieran decir nada al respecto, salimos corriendo de allí. Me había olvidado por completo de que Kevin no había llamado a la puerta antes de entrar, y que lo habían visto dentro de casa. Pero ya me daba igual. Sólo pude escuchar una cosa antes de terminar de dejarme llevar por el espíritu infantil que conservaba en lo más profundo de mi corazón y que había sacado a la luz con ayuda de la pequeña Silvia.

-¿Cuándo ha llegado Kevin? ¿De qué Silvia estás hablando, hija? Bueno, bueno, podéis ir pero cuidado con lo que hacéis, que os veo muy precipitados…

No pude seguir escuchando porque las voces se difuminaron a medida que corríamos cogidos de la mano, con Silvia subida a los hombros de Kevin.

-¿A dónde vamos primero? -Le preguntó Silvia a Kevin pasado un rato.

-Iremos a comer al bosque. Priss y yo vamos muy a menudo, y la verdad es que siempre lo pasamos genial.

-Me parece muy buena idea. -Contribuí.

Dejamos de correr una vez pasados unos dos minutos. Ya estábamos bastante cansados, sobre todo Kevin, que llevaba a la pequeña en brazos. Mientras caminábamos con tranquilidad, Kevin y yo cogidos de la mano aún y Silvia recostada en los hombros de él, se me ocurrió preguntar algo que me provocaba bastante curiosidad.

-Silvia, yo tengo una duda… ¿Cómo es que mi padre te ha traído a mi habitación presentándote como la hija de unos conocidos de los padres de Kevin? Es muy extraño…

-¡Ah! ¿Eso? No te preocupes. Manipulé su mente. Necesitaba darme a conocer de alguna manera, y las reglas de los fantasmas prohíben asustar a las personas, llevar a cabo apariciones tal cual, sin maniobrar…

-Comprendo… Pero ¿cómo eres capaz de manipular la mente de las personas? Eso es muy extraño…

-Bueno, simplemente hice que tu padre tuviese la necesidad de inventarse una historia y contártela, como si fuese una broma. Por eso se despidió en el piso de abajo y dijo que volvía en un corto período de tiempo. Después, se dirigió a tu habitación y te gastó una broma, o eso pensaba él, para que tú le reprochases que dónde estoy… Pero bueno, yo me limité a aparecer junto a él, quien no me podía percibir con la vista, sólo tú. Por eso pensó que le seguías la broma, y también por ese motivo ahora mismo le está contestando a tu madre que has llevado muy lejos el jueguecito y que ya se te pasará al volver. Él para nada sospecha que yo soy real, ni que soy fruto de una vieja historia terrorífica oculta de este pueblo. Es importante que cuando vuelvas le digas a tu padre que la broma ha sido muy buena y que ya te has cansado de ella.

-¡Vaya, Silvia, qué retorcida para ser tan pequeña! -Exclamó Kevin.

Yo me limité a asentir con la cabeza. Estaba muy asombrada con todo lo que decía.

Kevin comenzó a preparar el mantel, a sacar la comida y nos invitó a unirnos al festín. Una vez hubimos comido, decidimos jugar al escondite con Silvia. Primero se la ligaba Kevin, y nosotras corríamos a escondernos, cada una por nuestro lado. Yo pude ver un hermoso arbusto en el que quizás no me encontraría en un largo período de tiempo, pero, para mi sorpresa, a los tres minutos de avisar que ya había acabado de contar y que se ponía en marcha para buscarnos, sentí unas agradables caricias en mi espalda. No podían ser de otra persona, sólo de él.

-¡KEVIN! -Susurré, intentando no levantar el tono de voz. Lo abracé con gran entusiasmo y él me estrechó fuertemente entre sus brazos.

-No han pasado ni cinco minutos y ya te echo de menos, preciosa. -Me dijo Kevin, con los ojos brillantes de emoción.

Yo no respondí. Simplemente me limité a hundir mi cabeza entre sus brazos y a abrazarlo aún más fuerte.

-Princesa, ¿me acompañas a buscar a Silvia? -Preguntó Kevin, pasados unos minutos.

-¡Claro! -Sonreí.

Para cuando salíamos del arbusto, Silvia ya se encontraba en el árbol donde Kevin había contado, con la mano apoyada y gritaba…

<< ¡Por mí y por todos mis compañeros, pero por mí primero! >>.

Me pareció tan tierna y pilla al mismo tiempo que no pude reprimir las ganas de salir corriendo detrás de ella, abrazarla, hacerle costillas y decirle que era una niña impresionante.

Así pues, lo hice. Acabamos los tres rebozados por el suelo, llenos hasta arriba de hierba.

-¡PARECEMOS MARCIANOS! -Comentó Silvia, gritando y atragantándose de la risa al mismo tiempo porque le faltaba el aire.

-Esto me recuerda a que una vez, cuando tenía ocho años, unos niños me invitaron a jugar con ellos y me preguntaron si quería participar en el “Pilla pilla”. Yo les respondí con otra pregunta: ¿A cuál?

Nos empezamos a reír. Era más que obvio que sólo había un “Pilla pilla”, y ese era universal.

-¿Por qué dijiste eso? -Preguntó Silvia entre risas.

-Porque no lo pensé en ese mismo momento. Esas cosas pasan cuando no piensas antes de hablar. -Reímos mucho más fuerte. Nos había dado un ataque, lo que se conoce como “La risa floja”.

Cuando más o menos pudimos levantarnos del suelo, aún manchados de hierba y con la tripa revuelta por las carreras y las risas, decidimos que lo mejor sería meternos al agua. Sería divertido. Después de todo, había que disfrutar de los últimos días del verano.

Pero tenía un problema, y es que no nos habíamos traído el bañador. Era lo único que se nos había olvidado.

-No nos podemos meter al agua, Kevin… No hemos traído ropa de baño. -Mi tono de voz se tornó triste.

-Sí que podemos. -Dijo Silvia.- Vamos, hay confianza entre vosotros. Y yo soy una niña… Tengo de todo menos vergüenza a pasearme sin ropa.

-Bueno… Está bien. -Respondí.

Nos quitamos la ropa, excepto Kevin, que se dejó puestos los calzoncillos. Era el más vergonzoso de los tres.

Me senté junto al riachuelo, aún en la hierba. Introduje un pie dentro del agua y la noté demasiado fría. No me atrevía a seguir introduciéndome, pero entonces, como si lo hubiese escuchado en mi mente, Silvia se lanzó en bomba, con las rodillas fuertemente abrazadas, y cayó del tal forma que fue demasiado tarde para apartarme cuando una cortina gigantesca de agua me duchó entera.

Grité como una loca. El contraste entre la temperatura de mi cuerpo, aparentemente cálida, y la fría agua me hizo estremecerme y acto seguido, sobresaltarme. Kevin rió junto a Silvia, y los dos, a coro, gritaron…

-¡VENGA, MÉTETE, QUE ESTÁ MUY BUENA!

No tuve más remedio que obedecer, riendo también. Me lo estaba pasando en grande con ellos. Estuvimos haciéndonos aguadillas y Silvia aprendió a nadar de espaldas, cosa que no controlaba para nada al principio.

Salimos del agua, riendo aún y con muchas ganas de seguir pasándonoslo en grande.

-¿Ahora a dónde vamos a ir? -Pregunté de nuevo a Kevin.

-Ahora vamos al parque, que tengo pensado empujaros a las dos muy alto en los columpios.


-¡Qué guay! -Gritó Silvia, entusiasmada. Se la veía muy animada.

-¿Sabes saltar desde el columpio en movimiento? -Pregunté, pues se me estaba ocurriendo algo genial.

-Sí, aunque no he podido saltar mucho que digamos…

-Ahora te hartarás de saltar, porque se me ha ocurrido que podríamos hacer un juego. -La miré, pícara, intentando comprobar si sabía por dónde iba.

-¿Un juego? ¿Cuál?

-Pues… Podríamos competir amistosamente por ver quién llega más lejos saltando desde el columpio.

-¡Qué gran idea! ¡Me encanta! ¡Quiero ir ya! -Exclamó Silvia, muy entusiasmada.

Así pues, Kevin y yo nos volvimos a coger de la mano, y Silvia subió a los hombros de él. Juntos, salimos corriendo de nuevo, dejando atrás nuestro lugar secreto, escondido en medio de un bosque, donde se refugiaban los más íntimos e inmejorables momentos que nos habían acontecido desde que nos conocimos…

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