domingo, 24 de marzo de 2013

Capítulo 43. La pequeña Silvia.

Cerré  los ojos muy asustada sin saber cómo reaccionar. Entonces, para mi sorpresa, la persona que me tenía así sujeta habló.

-Princesa, soy yo. No grites. -Dijo una voz familiar. Era... ¿Kevin?

-¿Ke... Kevin? ¿Eres... Tú? -Pregunté, con la voz quebrada.

En vez de responderme, me giró suavemente y me destapó los ojos y la boca. Hice lo que me pidió; no grité. Cuando abrí los ojos lo vi allí sentado, contemplándome. Pude distinguir en sus ojos ternura y amor, hacia mí... Y entonces, reaccioné. Mi primer impulso fue enfadarme, y después, abrazarlo.

-¡¿Por qué me has asustado así?! -Exclamé, un poco indignada.

-Quería darte una sorpresa... No pretendía asustarte ni hacértelo pasar mal, princesa... -Me miró con arrepentimiento, y no pude resistirme.

-No pasa nada, amor... -Me abalancé a sus brazos y lo besé intensamente.

Fue un beso tierno, dulce, que me hizo sentir escalofríos. Tanto mi piel como mi bello se erizaron, y no me quedó otro remedio que estremecerme. Me sentía como si volara al estar con él, y eso, nadie podía igualarlo, y mucho menos, lograr superarlo.

Nos separamos con suavidad, aunque pude percibir que Kevin aún tenía los ojos cerrados y hacía ademán de no querer despegar sus labios de los míos. Me reí curiosa, porque le estaba observando atentamente y él aún tardó un par de segundos en abrir los ojos.

-Me encanta tu sonrisa, princesa. Me haces feliz cuando ríes. -Aclaró.

Yo le respondía con otra sonrisa, puesto que por lo que me acababa de confesar, le hacían sentir bien. Enseguida, recordé lo que acababa de pasar y decidí cambiar el rumbo de la conversación.

-¿Kevin, cómo has entrado? -Pregunté, dudosa.

-Muy sencillo. Te dejaste la ventana abierta, y pensé que sería una buena idea entrar a darte una sorpresa. Pero como no estabas cuando trepé por la enredadera, cambié por completo mis planes, y decidí darte una sorpresa cuando llegaras. Así que me escondí debajo de tu cama, y cuando te acercaste a la ventana, contemplado que estaba abierta, salí muy sigilosamente de mi escondite, y te agarré por detrás. Sabía que te sorprenderías, pero no que te asustarías tanto, mi princesa... -Confesó todo lo que había pasado, y me quedé fascinada.

-¿Cómo te las has arreglado para trepar? Es... Casi imposible. La planta es muy frágil, y apenas a dado tiempo a que crezca, pues mi padre la plantó cuando llegamos, a principios de verano. Por no contar con que en la estación estival es más complejo que crezcan las planta, pues el calor las marchita muy frecuentemente. Claro que ya estaba mi padre para regalarla todos los días. Ahora noto su consistencia, o más bien, la has podido poner a prueba tú mismo. -Añadí, frente a la explicación de Kevin.

-Tú lo has dicho, princesa. Es casi imposible, pero no imposible del todo. Y yo, que soy muy misterioso, siempre tendré una faceta que te sorprenda más y más. Me propongo ser así contigo. No quiero que te aburras de mí... -Dijo, bajando la cabeza al pronunciar las últimas palabras.

-Nunca me aburriré de ti, por el simple hecho de ser tú. -Sonreí de nuevo, y me respondió con otra sonrisa. Sentí que era perfecto, y que sus dientes blancos como el marfil y a la vez brillantes como una perla del mar, atraían especialmente mi atención. Sus labios, por si no había mencionado nada acerca de ellos, eran especialmente finos, suaves y tiernos. Además, tenían un toque especial cuando él los humedecía levemente con su saliva y se mordí disimuladamente el labio inferior, mientras me miraba tímido pero atrevido.

Estábamos en uno de esos momentos que todos conocemos como románticos, donde los enamorados se dicen todo lo que se aman y terminan besándose intensamente, pero alguien estropeó nuestro instante mágico, sustituyéndolo por nervios, angustia, y quizás, terror.

Unos pasos acelerados se dirigían hacia mi habitación, y yo, como primer impulso, y como instinto protector, cogí a Kevin del brazo y lo conduje rápida pero suavemente al interior de mi armario, repleto de ropa y complementos, por cierto, que facilitarían su camuflaje si alguien lo abriese, pero que, al mismo tiempo, suponían un problema de espacio si pretendíamos que cupiese todo.

La puerta se abrió y por ella se asomó mi padre, que hasta que no abrió la boca para decir algo no supe el motivo de su visita.

-Prisscilla, hay una niña en la puerta que pregunta por ti. ¿Le digo que pase?

-¿Una niña? ¿Quién?

En ese momento apareció la pequeña, que no había esperado a que yo respondiese a mi padre. Su cabellera era rubia, sus ojos color chocolate con miel, y sus facciones finas, delicadas, y sobre todo, impregnadas de una gran belleza con aire infantil.

-Prisscilla, soy Silvia... -¿Silvia? Yo no había visto a esa niña en mi vida...

-Es la ahijada de Eustaquio, el padre de Kevin. Tiene cuatro años, y la acaban de traer sus padres porque ha fallecido un familiar y han tenido que salir muy apresurados a dar el pésame. No se la podían  llevar, puesto que no es un ambiente propicio para los niños. -Comentó mi padre en voz baja, para que la niña no pudiese enterarse del todo del motivo real por el que se encontraba allí.- Le hemos dicho que teníamos una hija, una niña, como ella, y ha querido venir enseguida a conocerte. ¿Qué te parece? -Concluyó mi padre, y clavó su mirada en mí, esperando una respuesta afirmativa por mi parte.

-Es genial. Yo me la quedo encantada, papá. Puedes bajar. Y bueno, habrá que preparar un plato más para esta hermosura, ¿no? -Dije dirigiéndome a la niña con mucha ternura.

Ella sonrió y mi padre lo tomó como un indicio de que nos íbamos a hacer grandes amigas. Salió por la puerta y la cerró tras de sí. En ese instante, suspiré, sin poder evitarlo, y Silvia me miró sin comprender.

-Silvia, ¿te puedo llamar Silvi? Tú a mí me puedes llamar Priss, aunque en realidad mi nombre completo sea Prisscilla. -La niña rió animada.

-¿A qué estabas jugando? -Preguntó, curiosa, mirando en todas direcciones.

-A nada. En realidad, estaba preparándome para bajar a comer... -Mentí, puesto que Kevin aún se encontraba allí escondido, y por un instante, al ver a la criatura, se me había olvidado.

-Escucha, Silvi, ¿me ayudas a buscar un duende verde con un gorro rosa que se me ha perdido? -Sí, lo sé, es absurdo, pero tenía que encontrar la forma de distraerla mientras Kevin salía del armario, sin referirnos a lo que muchos estaréis pensando, y baja de nuevo trepando por la enredadera.

-¿Dónde se ha escondido el duende?

-Si lo supiera... Iría yo misma a buscarlo. ¿Me ayudas? -Repetí.

Silvia asintió con un ligero movimiento de cabeza y salió de la habitación. En ese preciso instante, cerré la puerta y me dejé caer sobre la cama. Y entonces, lo recordé. Kevin seguía encerrado en el armario.

Me dirigí lentamente, pero con decisión, hacia el armario, y, con cuidado, abría la puerta. Esbocé un grito ahogado al no encontrar a mi amado allí dentro, escondido, tal y como lo dejé. Todo era demasiado extraño, y no sabía cómo afrontarlo.

-¿Kevin...? -Susurré, mas no obtuve respuesta alguna.

Me adentré en el armario, pero sin cerrar la puerta, pues aquello era demasiado misterioso. Avancé con cuidado, palpando las paredes, y rozando mis mejillas contra las chaquetas y abrigos que allí había. No era demasiado grande, pero sí lo suficiente como para avanzar unos pasos hacia el fondo. Me sorprendió no encontrar el final, es decir, palpar los límites del armario. Al cabo de unos segundos, el tacto pareció jugarme una mala pasada, pues aquellas paredes que estaba tocando se habían vuelto de repente muy suaves, incluso parecían de terciopelo. ¿Dónde me encontraba? No era capaz de ver nada, pero me preguntaba qué habría sido de Kevin allí dentro, y lo que era peor, qué sería de mí ahora...

Aparté las manos por un instante de las paredes que se asemejaban al terciopelo, tan suave y blando, y las utilicé para hacer a un lado las ropas que había delante de mi rostro. Entonces, pude apreciar una gran sala con muchísima más ropa. Sus paredes eran de color rosa pastel, con algunos tonos morados. Al fondo se podía distinguir una cama de tamaño mediano. Al otro extremo pude ver un tocador, sobre el cual se apreciaban restos de maquillaje, que indicaban que seguramente alguien había usado sus cosméticos para retocarse no hacía mucho tiempo. Pero, si mi memoria no me fallaba, y no era así, yo llevaba viviendo allí tres meses, es decir, todo el verano. No podía ser posible aquello, pues nadie más que mis padres y yo habitábamos la vieja casa.

Di un paseo con cautela por la habitación, y me quedé impregnada en el aroma que desprendía; flores silvestres. De repente, apareció ante mí la imagen de una niña abriendo un baúl y sacando de él una pequeña y delicada cajita. Tras contemplarla durante, más o menos unos segundos, se decantó por abrirla. Inmediatamente comenzó a sonar una melodía muy suave, tierna, y a la vez, escalofriante. Me transmitía melancolía, y mucha belleza impregnada de anhelo.

Aquella niña... Me resultaba extrañamente familiar. Juraría que la había visto en algún momento. Pero, ¿cuándo? ¿Y dónde?

La niña giró la cabeza, y en sus ojos pude ver el llanto mezclado con el olvido. ¿Quién sería? ¿Qué querría? ¿Por qué mi armario conectaba con su habitación?

Asustada, retrocedí. Intenté frotarme los ojos, e imaginar que no era real, que estaba soñando o sufriendo una alucinación. Salí apresurada de la habitación, crucé el armario, y pronto aparecí de nuevo en mi habitación. Cerré apresurada la puerta del armario, y me tiré en plancha a la cama.

Entonces, alguien me agarró de la mano... Dirigí la mirada hacia allí, y aprecié unos dedos gruesos, de apariencia masculina, que rozaban mi piel con suavidad.

-¿Kevin...? ¿Dónde te habías metido? Te he buscado en el armario y...

-Sh... -Me mandó callar, posando un dedo sobre mis labios.

Observé que señalaba el armario con curiosidad en la mirada. Luego se dirigió a mí y me dijo algo que jamás, desde entonces, pude olvidar...

-Veo que ya lo has descubierto...

-¿A qué te refieres?  -Pregunté, sin comprender. Entonces, caí en la cuenta de que quizás se refería a la habitación, a la niña, a la caja de música...

-Hace mucho tiempo, cuando yo tenía cuatro años, se produjo una desgracia en esta casa, en la que vives tú ahora. Vivía un matrimonio con una niña pequeña, que sería de mi edad, aproximadamente. No la conocía, tan sólo de vista, pues mis padres no eran de esos que se presentan a los nuevos vecinos y hablan y cotorrean hasta narrar toda su vida y escuchar la de los demás. Un día, los padres se dejaron las llaves puestas, y no eran capaces de entrar dentro de la casa. La niña, por casualidad, o por culpa del destino, de quedó encerrada dentro. No pareció darle mucha importancia, y, por lo visto, creo que aprovechó para hacer de las suyas. Cuenta la gente del pueblo que Silvia, así es como se llamaba ella, saltó y saltó sin parar en la cama, corrió por los pasillos, nerviosa e inquieta, y finalmente tropezó, cayendo de bruces al suelo. Se quedó allí inconsciente hasta que los bomberos entraron a rescatarla. Los siguientes días, la niña no volvió a comportarse como era propio en ella, y los padres empezaron a asustarse. Decidieron, pues, acudir a un especialista; un psicólogo. Este les informó de que Silvia había sufrido una conmoción, y que parecía estar completamente trastornada. Había perdido el norte, como se decía coloquialmente. En el pueblo, comenzaron a echar las culpas a sus padres, insinuando que eran unos irresponsables y que bien se merecían que su hija se hubiese vuelto loca, aunque lo sentían por la pobre criatura, siendo tan pequeñita.

<< No obstante, como los días, las semanas y los meses transcurrían y las miradas de los habitantes de Little Hollow no cesaban de intimidar a aquel matrimonio, decidieron poner fin a aquella locura. Encerraron a Silvia en el sótano, habilitando una pequeña pero acogedora habitación para ella, y dijeron a todo el mundo que la niña había sido enviada a un centro especializado donde, aseguraban, se curaría.

<< Aquello no benefició en absoluto su salud. Por las noches se escuchaban alaridos, llantos y gemidos de dolor. Yo me planteé más de una vez adentrarme en aquella casa y averiguar qué pasaba, pues siempre tuve hiperestesia, es decir, la capacidad de escuchar extremadamente bien, y percibía con total nitidez la tristeza y las ansias de libertad que allí, en una casa tan próxima a la mía, se reprimían.

<< Hasta que una noche se escuchó un alarido muy intenso, cubierto de sufrimiento y de angustia, y justamente después, pude apreciar a lo lejos, al mirar por la ventana de mi cuarto, un destello de luz llameante. Inmediatamente, comenzó a salir humo de la chimenea, y los gritos cesaron, para siempre.

<< Los años pasaron, y las personas que vivían en el pueblo se olvidaron de aquello. Además, el matrimonio desapareció esa misma noche de allí. Dicen los cosquillos, que así es como se llama aquí a los vigilantes nocturnos de las fronteras de Little Hollow, que un coche salió a toda velocidad por la carretera vieja, y que jamás se volvió a saber de aquella familia.

-Es una historia escalofriante, Kevin. ¿Cómo lo recuerdas tan bien, para ser tú tan pequeño?

-Pues la verdad es que lo recuerdo tan bien porque fue un acontecimiento que se quedó grabado en mí a fuego, y nunca mejor dicho... Y sé que lo recordaré tan nítido y con tanta intensidad de por vida...

-¿Cómo que nunca mejor dicho...? -Pregunté, asustada.

-¿No intuyes lo que le ocurrió a Silvia, Priss?

Propicié un grito ahogado. Mis facciones mostraban horror, y mis ojos comenzaron a quebrarse; su brillo pronto se convirtió en lágrimas de dolor e incredulidad. En la casa en la que yo vivía ahora mismo, hace doce años, una niña murió calcinada por sus propios padres...

Y justamente, en el momento en que Kevin me abrazaba para intentar reducir mi angustia, la puerta de la habitación se abrió, y por ella apareció Silvia, vestida con un camisón de flores. Su rostro mostraba una enorme sonrisa, que se borró de golpe al observar mi reacción.

-Esa niña de la que me has hablado, que vivía aquí mismo, que dormía en una habitación contigua a la mía... -Dije, mirando a Kevin a los ojos.- ¿Es ella...?

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