jueves, 6 de junio de 2013

Capítulo 45. Ahora toca decir "Adiós".

Había corrido demasiado, aunque parecía que Kevin nunca se cansaba. Estaba en muy buena forma, y yo no entendía por qué. Nunca lo había visto salir a hacer ejercicio, y en su casa tampoco tenían una sala destinada a ello.

Al fin llegamos al parque, yo jadeando, él tan fresco como una lechuga y Silvia riendo de forma exagerada. Se lo estaba pasando en grande, o esa era la sensación que yo tenía al respecto.

Kevin me soltó la mano y bajó a Silvia de sus hombros. Después divisó con la mirada los alrededores. Estábamos solos. No había ni rastro de marujas, niños jugando, ni siquiera los típicos ancianos que se reunían para jugar a la petanca por las tardes. Era muy extraño, pero pronto comprendimos lo que estaba pasando. Silvia era la causante de que todo el pueblo estuviese desierto. Ella conseguía que nadie tuviese ganas de salir de casa. No le gustaba la presencia de otras personas, sobre todo si no las conocía. Kevin y yo éramos la excepción.

De repente, Silvia me sacó de mi ensimismamiento.

-¡El que llegue el último a los columpios tiene el culo de un mandril! -Gritó, y, sin esperar a ver nuestra reacción, salió corriendo.

Por supuesto, ella llegó la primera. Kevin, que era muy rápido, llegó el segundo. Y yo... Bueno, yo tengo el culo de un mandril.

Cuando llegué a los columpios, me esperaban los dos desternillándose de la risa. Yo, al verlos, me contagié y comencé a reír como una loca también. No sabíamos cómo podíamos ser tan felices con tan pocos estímulos. Pero claro, debo tener en cuenta que el secreto de la felicidad es estar orgulloso con lo que uno tiene, y no lamentarse por las cosas de las que carecemos.

Cuando por fin paramos de reír tanto, Silvia y yo montamos en los columpios y Kevin nos empujó a las dos hasta que cogimos suficiente altura. Después se apartó y nos observó un poco alejado, junto al tobogán.

Entonces, justo en ese momento, Silvia me preguntó si estaba preparada para saltar. Yo le respondí que sí, a lo que Kevin se ofreció para apuntar nuestras marcas en la arena. Competiríamos por ver quién llegaba más lejos saltando desde el columpio.

Yo era mucho más alta que Silvia, y claro, tenía las piernas más alargadas. Pensé que quizás sería una competición un poco cruel, puesto que estábamos en diferentes posiciones por motivos obvios; naturaleza y crecimiento evolutivo.

Sin embargo, cuando Kevin inició la cuenta atrás y, al escuchar "Ya", mi cuerpo se alzó en el aire paralelo al de Silvia, resultó bastante confuso comprender cómo había podido ganarme una niña de cuatro años. No sólo llegó mucho más lejos, sino que cayó de pie, sin necesidad de agacharse y apoyar las manos. Yo, por el contrario, caí de bruces en el suelo, provocando un gran estruendo; toda la arena salió despedida por los aires, y el ambiente se llenó de polvo.

Kevin, al verlo, vino corriendo a ver si estaba bien, y Silvia retrocedió, asustada. Me levanté del suelo con ayuda de los dos, aún conmocionada. 

-Parece que ya no estoy en tan buena forma... -Resoplé.

Al ver que estaba bien, Kevin y Silvia empezaron a reír y yo los acompañé.

Seguimos jugando con Silvia hasta que cayó la noche. Antes de que se pusiese el sol, Kevin se acercó a mí y me dijo al oído...

-Priss, tengo algo que decirte. Vamos a sentarnos en el césped. 

Yo asentí y lo seguí, cogida de su mano, hasta la hierba. Silvia, mientras, no paraba de reír, jugar, saltar, correr y, en definitiva, divertirse como no lo había hecho nunca.

-Y bien, ¿qué es lo que me tenías que decir, Kevin? -Pregunté, con bastante intriga. Temía que fuese algo malo, pero sabía que cuando él sonreía tanto, no podía tratarse de nada que me atemorizara tras escucharlo.

-Resulta que me he dado cuenta de lo importante que es tener amigos cuando se es pequeño, y creo que, aunque somos mucho más mayores que ella, Silvia es una niña que nos necesita. Tenemos que pensar cómo la esconderemos, qué haremos con ella, y lo más importante, cómo la vamos a educar, puesto que aún somos sólo unos adolescentes. 

-Tienes razón... Es todo muy complicado. Es como ser padres pero mucho antes de lo que habíamos esperado.

Kevin me dedicó una amplia sonrisa, y después, me susurró al oído...

-Ya lo pensaremos tranquilamente. Tenemos todo el tiempo del mundo para ser padres, pero ahora nos toca disfrutar de nosotros...

Entonces descendió desde mi oreja hasta mi cuello, proporcionándome pequeños besitos en él. Después, me dio un pequeño lametón que hizo que se me erizase el bello.

Comenzó a besarme, al principio suave pero después muy intensamente, mientas me acariciaba el pelo despacio. 

Cuando nos separamos de nuestro corto pero intenso beso, apoyé mi cabeza en su pecho y lo abracé con fuerza. No llevábamos mucho tiempo juntos, pero sentía que sin él mi vida no tenía sentido. Sin él nada sería lo que siempre necesité para ser feliz...

Mis ojos comenzaron a cerrarse. Al principio intenté impedirles a mis párpados que bajasen y proporcionasen una oscuridad impenetrable a mis pupilas, pero muy pronto fui incapaz de resistir y caí en un profundo y dulce sueño entre los brazos de Kevin.

-Silvia... Silvia... Silvia... -Se escuchaba, cada vez más bajo, perdiéndose mis palabras entre las repeticiones cada vez menos exactas que hacía el eco en aquel lugar.

Silvia había desaparecido. En realidad, nada de todo lo que había acontecido forma parte del mundo real, sino del mundo de los sueños. Desperté en mi cama, empapada en sudor, con la frente ardiendo y los mofletes colorados. Me miré en el espejo y comprobé que la fiebre no se me había pasado. Todo aquello lo había soñado. Ahora lo sabía. Era demasiado extraño como para ser real. Y sobre todo, era demasiado irreal y extraordinario como para haberme pasado a mí.

A pesar de todo, decidí escribir una carta para recordar siempre aquel sueño tan maravilloso que había tenido. Silvia era la hija que nunca había tenido, o quizás por proximidad de edad, una hermana que aunque fuese producto de mi imaginación no deseaba haber perdido. 

<< Silvia, ahora que sé que eres tan sólo un fantasma de mis sueños, te voy a echar mucho de menos. La fiebre quizás produzca mundos imaginarios, llenos de fantasía, donde la realidad y la ficción se mezclan para formar un mundo ideal, que todos soñaríamos con explorar.

Silvia, te ruego que allá donde vayas seas feliz. Que la imaginación de miles de personas puedan darte la vida que yo en mi sueño un día te di. Que siempre me recuerdes como yo te recordaré a ti. Que te diviertas siento siempre la niña más dulce del mundo, siento a todas horas tú, riendo como sólo tú sabes hacer...

Te extrañaré, mi bonita y tierna "Eterna Infancia"... 

Prisscilla. >>.

Cerré el pequeño cuaderno de anotaciones, que era para mí como un diario, y volví a meterme en la cama, a la espera de una mejoría para mi estado de salud.

Mi madre no tardó en aparecer por la puerta, cuando hacía nada más y nada menos que cinco minutos que me había arropado con la manta y me había acomodado dos almohadas para que mis cervicales no sufrieran.

-Cariño, ¿cómo te encuentras hoy?

-Un poco mejor, mamá. Muchas gracias por preocuparte.

-¿Necesitas algo? ¿Quieres que te suba una infusión, un zumo de naranja, quizás un colacao...?

-No, gracias, mamá. Estoy bien, de verdad.

-Está bien, mi niña. Pero llámame si necesitas cualquier cosa. 

Salió por la puerta tras lanzarme un beso con la mano. Era muy atenta conmigo. No podía quejarme de tener una madre tan buena y tan cariñosa. Lo era siempre, menos cuando se enfadaba.

Pasé mucho tiempo reflexionado sobre cómo me había puesto enferma, intentando recordar cómo pudo ocurrir, pues estábamos en verano aún, aunque a finales, y no podía creer que me hubiese puesto enferma justo los últimos días de vacaciones. Las clases comenzaban el lunes, y ya estábamos a miércoles.

Hacía mucho tiempo que no veía a Kevin. En concreto, dos días. No tenía forma de decirle que me había puesto enferma, y que por eso no tenía noticias sobre mí.

Estaba preocupada por si se había enfadado conmigo, pero esperaba que no, que estuviese bien y que pronto, cuando yo estuviese recuperada, pudiésemos volver a salir juntos de excursión, divertirnos y, sobre todo, apoyarnos cuando empezásemos las clases. Al ser nueva, tenía bastante inquietud. Lo necesitaba a mi lado más que nunca.

Un pitido me sobresaltó y me sacó de mis pensamientos, en los que me encontraba tan absorta. Era mi móvil. Tenía un mensaje. ¿De quién sería?

domingo, 31 de marzo de 2013

Capítulo 44. La revelación de Silvia.


Kevin la miró dubitativo. No recordaba del todo bien las facciones de la cara de la niña, pues hacía muchos años que no la veía, pero algo le llamó la atención, y la reconoció al instante.

-Sí, es ella... -Dijo al fin, y mi aliento se congeló por algunos instantes. ¿Cómo podía ser posible que no hubiese crecido en todos esos años? ¿Cómo podía ser que no la hubiese visto nunca en todos estos meses? ¿Cómo pasó todo? ¿Era acaso un fantasma? Ahora la que se estaba volviendo loca era yo, y demasiado...

-No es necesario que respondas, Prisscilla. -Informó Silvia.- Yo te lo contaré todo.

Kevin y yo nos sentamos en la cama, e invitamos a la pequeña, aunque con mucho miedo, a sentarse con nosotros, y a explicarnos todo lo que tuviese que aportar de información al respecto sobre aquel misterio aún no resuelto.

-Kevin, has crecido, y mucho... -Comentó Silvia.- Te recordaba más... Menos... Es decir, eres distinto.

-Sí, he cambiado en estos años. Pero siempre quise ir a ayudarte, Silvia... No nos conocíamos personalmente, pero cuando cruzábamos nuestras miradas de casualidad en el jardín, que antes compartíamos, pues la valla es posterior, podía apreciar en tus ojos una llamada; pedías ayuda. Me hacías una advertencia: "Vete muy lejos. Ponte a salvo, pero pide ayuda para mí...". Eras presa de la desesperación...

-Kevin, Prisscilla, os lo contaré todo. A ti, por ser mi vecino y mi única esperanza todos estos años de salvación. -Comentó, mirando a Kevin.- Y a ti, Priss, te lo contaré todo porque vives aquí, en mi antigua casa, y creo que deberías saber la verdad; esa que tus padres ignoran, y que nadie en el pueblo os contará jamás, porque están bajo juramento...

-¿Cómo bajo juramento? -Interrumpí, sorprendida.

-Cuando mis padres escaparon, la casa se quedó vacía; abandonada. Entonces, para poder beneficiarse del dinero al ponerla en venta, el alcalde del pueblo hizo jurar a todos los vecinos que jamás contarían nada de lo sucedido, pues creían que eso podría perjudicar la venta de la vivienda. Estaban más que seguros de que una casa en la que había muerto una persona no sería sencilla de vender, ni rebajando considerablemente el precio. -Hizo una breve pausa y prosiguió.- Y en cuanto a mi habitación, bueno… Digamos que decidieron tapiarla, pero no destruirla. Son demasiado supersticiosos, por lo que consultaron a un para-psicólogo. Este les comentó que mi alma estaba resentida, que tenía mucha rabia que desprender y que, al no haber cumplido mi misión en este mundo, no me marcharía. No podría arriesgarse a vender la casa y que luego escuchasen gritos, lamentos, sollozos, así que insonorizaron lo que antes había sido mi habitación y la tapiaron. Para que no se notara nada, colocaron un gran armario en el lugar donde antes había estado la puerta, y esperaron a ver qué tal salía dicha operación.

-Pero Silvia… -Intervine.- ¿Cuál es tu misión en la Tierra? -Pregunté, con curiosidad.

Silvia me miró, con una expresión pensativa. Y, acto seguido, respondió…

-Mi misión es ser una niña feliz, disfrutar como niña que soy. Mis padres no quisieron darme eso, y, por tanto, no me puedo marchar hasta que no lo cumpla. Todos los niños somos enviados para vivir como tal, para crecer y para tener una vida. Aquellos que morimos antes de conseguirlo, no podemos obtener el descanso eterno… -Una lágrima transparente recorrió el bello rostro de Silvia, y me sentí muy apenada de repente.

-Está bien. -Comentó Kevin.- Tengo una gran idea para que puedas obtener ese descanso eterno que tanto te mereces. -Silvia y yo lo miramos anonadadas. No sabíamos qué idea había tenido, pero estábamos impacientes por averiguarlo.- Haremos todo lo que hacen los padres con sus hijos cuando son pequeñitos. ¿Te parece, Silvia? Para empezar, iremos al parque, y te montarás en los columpios, después, podríamos ir a la piscina, a comer al bosque y a recoger flores, además de dar un paseo por el pueblo. ¿Te apetece, Silvia? 

-¡OHH! ¿Enserio haríais todo eso por mí, chicos? -Preguntó la niña, entusiasmada.

-Todo eso y más, Silvia. -Respondí yo.- Me parece una idea genial la que ha tenido Kevin. ¿Cuándo nos ponemos en marcha?

Poco rato después nos encontrábamos todos frente a la puerta de mi habitación, con una mochila llena de provisiones por lo que pudiera surgir. Íbamos a pasar un gran día junto a la niña. Iba a ser nuestro primer día como padres, a pesar de que ella no era nuestra hija, ni tampoco lo habríamos deseado, dada nuestra corta edad. Más bien me hacía a la idea de que era una hermana pequeña.

-Bueno, ¿estás lista, Silvia, para pasar un día en grande? -Quiso saber Kevin.

-¡¡SÍ!! -Exclamó la pequeña, con todo el entusiasmo del mundo.

Bajamos corriendo las escaleras, contagiados por ese espíritu infantil que todo lo mueve y lo remueve, que todo lo vuelve imaginativo, lleno de locura y de imaginación, donde absolutamente todo lo que recorre tu mente es posible, donde nada malo puede arruinar tu ilusión…

-Papá, mamá, nos vamos a ir a comer fuera. Siento que os hayáis enterado así de golpe, pero hemos pensado que podríamos pasar un día genial con Silvia.

Y, antes de que pudieran decir nada al respecto, salimos corriendo de allí. Me había olvidado por completo de que Kevin no había llamado a la puerta antes de entrar, y que lo habían visto dentro de casa. Pero ya me daba igual. Sólo pude escuchar una cosa antes de terminar de dejarme llevar por el espíritu infantil que conservaba en lo más profundo de mi corazón y que había sacado a la luz con ayuda de la pequeña Silvia.

-¿Cuándo ha llegado Kevin? ¿De qué Silvia estás hablando, hija? Bueno, bueno, podéis ir pero cuidado con lo que hacéis, que os veo muy precipitados…

No pude seguir escuchando porque las voces se difuminaron a medida que corríamos cogidos de la mano, con Silvia subida a los hombros de Kevin.

-¿A dónde vamos primero? -Le preguntó Silvia a Kevin pasado un rato.

-Iremos a comer al bosque. Priss y yo vamos muy a menudo, y la verdad es que siempre lo pasamos genial.

-Me parece muy buena idea. -Contribuí.

Dejamos de correr una vez pasados unos dos minutos. Ya estábamos bastante cansados, sobre todo Kevin, que llevaba a la pequeña en brazos. Mientras caminábamos con tranquilidad, Kevin y yo cogidos de la mano aún y Silvia recostada en los hombros de él, se me ocurrió preguntar algo que me provocaba bastante curiosidad.

-Silvia, yo tengo una duda… ¿Cómo es que mi padre te ha traído a mi habitación presentándote como la hija de unos conocidos de los padres de Kevin? Es muy extraño…

-¡Ah! ¿Eso? No te preocupes. Manipulé su mente. Necesitaba darme a conocer de alguna manera, y las reglas de los fantasmas prohíben asustar a las personas, llevar a cabo apariciones tal cual, sin maniobrar…

-Comprendo… Pero ¿cómo eres capaz de manipular la mente de las personas? Eso es muy extraño…

-Bueno, simplemente hice que tu padre tuviese la necesidad de inventarse una historia y contártela, como si fuese una broma. Por eso se despidió en el piso de abajo y dijo que volvía en un corto período de tiempo. Después, se dirigió a tu habitación y te gastó una broma, o eso pensaba él, para que tú le reprochases que dónde estoy… Pero bueno, yo me limité a aparecer junto a él, quien no me podía percibir con la vista, sólo tú. Por eso pensó que le seguías la broma, y también por ese motivo ahora mismo le está contestando a tu madre que has llevado muy lejos el jueguecito y que ya se te pasará al volver. Él para nada sospecha que yo soy real, ni que soy fruto de una vieja historia terrorífica oculta de este pueblo. Es importante que cuando vuelvas le digas a tu padre que la broma ha sido muy buena y que ya te has cansado de ella.

-¡Vaya, Silvia, qué retorcida para ser tan pequeña! -Exclamó Kevin.

Yo me limité a asentir con la cabeza. Estaba muy asombrada con todo lo que decía.

Kevin comenzó a preparar el mantel, a sacar la comida y nos invitó a unirnos al festín. Una vez hubimos comido, decidimos jugar al escondite con Silvia. Primero se la ligaba Kevin, y nosotras corríamos a escondernos, cada una por nuestro lado. Yo pude ver un hermoso arbusto en el que quizás no me encontraría en un largo período de tiempo, pero, para mi sorpresa, a los tres minutos de avisar que ya había acabado de contar y que se ponía en marcha para buscarnos, sentí unas agradables caricias en mi espalda. No podían ser de otra persona, sólo de él.

-¡KEVIN! -Susurré, intentando no levantar el tono de voz. Lo abracé con gran entusiasmo y él me estrechó fuertemente entre sus brazos.

-No han pasado ni cinco minutos y ya te echo de menos, preciosa. -Me dijo Kevin, con los ojos brillantes de emoción.

Yo no respondí. Simplemente me limité a hundir mi cabeza entre sus brazos y a abrazarlo aún más fuerte.

-Princesa, ¿me acompañas a buscar a Silvia? -Preguntó Kevin, pasados unos minutos.

-¡Claro! -Sonreí.

Para cuando salíamos del arbusto, Silvia ya se encontraba en el árbol donde Kevin había contado, con la mano apoyada y gritaba…

<< ¡Por mí y por todos mis compañeros, pero por mí primero! >>.

Me pareció tan tierna y pilla al mismo tiempo que no pude reprimir las ganas de salir corriendo detrás de ella, abrazarla, hacerle costillas y decirle que era una niña impresionante.

Así pues, lo hice. Acabamos los tres rebozados por el suelo, llenos hasta arriba de hierba.

-¡PARECEMOS MARCIANOS! -Comentó Silvia, gritando y atragantándose de la risa al mismo tiempo porque le faltaba el aire.

-Esto me recuerda a que una vez, cuando tenía ocho años, unos niños me invitaron a jugar con ellos y me preguntaron si quería participar en el “Pilla pilla”. Yo les respondí con otra pregunta: ¿A cuál?

Nos empezamos a reír. Era más que obvio que sólo había un “Pilla pilla”, y ese era universal.

-¿Por qué dijiste eso? -Preguntó Silvia entre risas.

-Porque no lo pensé en ese mismo momento. Esas cosas pasan cuando no piensas antes de hablar. -Reímos mucho más fuerte. Nos había dado un ataque, lo que se conoce como “La risa floja”.

Cuando más o menos pudimos levantarnos del suelo, aún manchados de hierba y con la tripa revuelta por las carreras y las risas, decidimos que lo mejor sería meternos al agua. Sería divertido. Después de todo, había que disfrutar de los últimos días del verano.

Pero tenía un problema, y es que no nos habíamos traído el bañador. Era lo único que se nos había olvidado.

-No nos podemos meter al agua, Kevin… No hemos traído ropa de baño. -Mi tono de voz se tornó triste.

-Sí que podemos. -Dijo Silvia.- Vamos, hay confianza entre vosotros. Y yo soy una niña… Tengo de todo menos vergüenza a pasearme sin ropa.

-Bueno… Está bien. -Respondí.

Nos quitamos la ropa, excepto Kevin, que se dejó puestos los calzoncillos. Era el más vergonzoso de los tres.

Me senté junto al riachuelo, aún en la hierba. Introduje un pie dentro del agua y la noté demasiado fría. No me atrevía a seguir introduciéndome, pero entonces, como si lo hubiese escuchado en mi mente, Silvia se lanzó en bomba, con las rodillas fuertemente abrazadas, y cayó del tal forma que fue demasiado tarde para apartarme cuando una cortina gigantesca de agua me duchó entera.

Grité como una loca. El contraste entre la temperatura de mi cuerpo, aparentemente cálida, y la fría agua me hizo estremecerme y acto seguido, sobresaltarme. Kevin rió junto a Silvia, y los dos, a coro, gritaron…

-¡VENGA, MÉTETE, QUE ESTÁ MUY BUENA!

No tuve más remedio que obedecer, riendo también. Me lo estaba pasando en grande con ellos. Estuvimos haciéndonos aguadillas y Silvia aprendió a nadar de espaldas, cosa que no controlaba para nada al principio.

Salimos del agua, riendo aún y con muchas ganas de seguir pasándonoslo en grande.

-¿Ahora a dónde vamos a ir? -Pregunté de nuevo a Kevin.

-Ahora vamos al parque, que tengo pensado empujaros a las dos muy alto en los columpios.


-¡Qué guay! -Gritó Silvia, entusiasmada. Se la veía muy animada.

-¿Sabes saltar desde el columpio en movimiento? -Pregunté, pues se me estaba ocurriendo algo genial.

-Sí, aunque no he podido saltar mucho que digamos…

-Ahora te hartarás de saltar, porque se me ha ocurrido que podríamos hacer un juego. -La miré, pícara, intentando comprobar si sabía por dónde iba.

-¿Un juego? ¿Cuál?

-Pues… Podríamos competir amistosamente por ver quién llega más lejos saltando desde el columpio.

-¡Qué gran idea! ¡Me encanta! ¡Quiero ir ya! -Exclamó Silvia, muy entusiasmada.

Así pues, Kevin y yo nos volvimos a coger de la mano, y Silvia subió a los hombros de él. Juntos, salimos corriendo de nuevo, dejando atrás nuestro lugar secreto, escondido en medio de un bosque, donde se refugiaban los más íntimos e inmejorables momentos que nos habían acontecido desde que nos conocimos…

domingo, 24 de marzo de 2013

Capítulo 43. La pequeña Silvia.

Cerré  los ojos muy asustada sin saber cómo reaccionar. Entonces, para mi sorpresa, la persona que me tenía así sujeta habló.

-Princesa, soy yo. No grites. -Dijo una voz familiar. Era... ¿Kevin?

-¿Ke... Kevin? ¿Eres... Tú? -Pregunté, con la voz quebrada.

En vez de responderme, me giró suavemente y me destapó los ojos y la boca. Hice lo que me pidió; no grité. Cuando abrí los ojos lo vi allí sentado, contemplándome. Pude distinguir en sus ojos ternura y amor, hacia mí... Y entonces, reaccioné. Mi primer impulso fue enfadarme, y después, abrazarlo.

-¡¿Por qué me has asustado así?! -Exclamé, un poco indignada.

-Quería darte una sorpresa... No pretendía asustarte ni hacértelo pasar mal, princesa... -Me miró con arrepentimiento, y no pude resistirme.

-No pasa nada, amor... -Me abalancé a sus brazos y lo besé intensamente.

Fue un beso tierno, dulce, que me hizo sentir escalofríos. Tanto mi piel como mi bello se erizaron, y no me quedó otro remedio que estremecerme. Me sentía como si volara al estar con él, y eso, nadie podía igualarlo, y mucho menos, lograr superarlo.

Nos separamos con suavidad, aunque pude percibir que Kevin aún tenía los ojos cerrados y hacía ademán de no querer despegar sus labios de los míos. Me reí curiosa, porque le estaba observando atentamente y él aún tardó un par de segundos en abrir los ojos.

-Me encanta tu sonrisa, princesa. Me haces feliz cuando ríes. -Aclaró.

Yo le respondía con otra sonrisa, puesto que por lo que me acababa de confesar, le hacían sentir bien. Enseguida, recordé lo que acababa de pasar y decidí cambiar el rumbo de la conversación.

-¿Kevin, cómo has entrado? -Pregunté, dudosa.

-Muy sencillo. Te dejaste la ventana abierta, y pensé que sería una buena idea entrar a darte una sorpresa. Pero como no estabas cuando trepé por la enredadera, cambié por completo mis planes, y decidí darte una sorpresa cuando llegaras. Así que me escondí debajo de tu cama, y cuando te acercaste a la ventana, contemplado que estaba abierta, salí muy sigilosamente de mi escondite, y te agarré por detrás. Sabía que te sorprenderías, pero no que te asustarías tanto, mi princesa... -Confesó todo lo que había pasado, y me quedé fascinada.

-¿Cómo te las has arreglado para trepar? Es... Casi imposible. La planta es muy frágil, y apenas a dado tiempo a que crezca, pues mi padre la plantó cuando llegamos, a principios de verano. Por no contar con que en la estación estival es más complejo que crezcan las planta, pues el calor las marchita muy frecuentemente. Claro que ya estaba mi padre para regalarla todos los días. Ahora noto su consistencia, o más bien, la has podido poner a prueba tú mismo. -Añadí, frente a la explicación de Kevin.

-Tú lo has dicho, princesa. Es casi imposible, pero no imposible del todo. Y yo, que soy muy misterioso, siempre tendré una faceta que te sorprenda más y más. Me propongo ser así contigo. No quiero que te aburras de mí... -Dijo, bajando la cabeza al pronunciar las últimas palabras.

-Nunca me aburriré de ti, por el simple hecho de ser tú. -Sonreí de nuevo, y me respondió con otra sonrisa. Sentí que era perfecto, y que sus dientes blancos como el marfil y a la vez brillantes como una perla del mar, atraían especialmente mi atención. Sus labios, por si no había mencionado nada acerca de ellos, eran especialmente finos, suaves y tiernos. Además, tenían un toque especial cuando él los humedecía levemente con su saliva y se mordí disimuladamente el labio inferior, mientras me miraba tímido pero atrevido.

Estábamos en uno de esos momentos que todos conocemos como románticos, donde los enamorados se dicen todo lo que se aman y terminan besándose intensamente, pero alguien estropeó nuestro instante mágico, sustituyéndolo por nervios, angustia, y quizás, terror.

Unos pasos acelerados se dirigían hacia mi habitación, y yo, como primer impulso, y como instinto protector, cogí a Kevin del brazo y lo conduje rápida pero suavemente al interior de mi armario, repleto de ropa y complementos, por cierto, que facilitarían su camuflaje si alguien lo abriese, pero que, al mismo tiempo, suponían un problema de espacio si pretendíamos que cupiese todo.

La puerta se abrió y por ella se asomó mi padre, que hasta que no abrió la boca para decir algo no supe el motivo de su visita.

-Prisscilla, hay una niña en la puerta que pregunta por ti. ¿Le digo que pase?

-¿Una niña? ¿Quién?

En ese momento apareció la pequeña, que no había esperado a que yo respondiese a mi padre. Su cabellera era rubia, sus ojos color chocolate con miel, y sus facciones finas, delicadas, y sobre todo, impregnadas de una gran belleza con aire infantil.

-Prisscilla, soy Silvia... -¿Silvia? Yo no había visto a esa niña en mi vida...

-Es la ahijada de Eustaquio, el padre de Kevin. Tiene cuatro años, y la acaban de traer sus padres porque ha fallecido un familiar y han tenido que salir muy apresurados a dar el pésame. No se la podían  llevar, puesto que no es un ambiente propicio para los niños. -Comentó mi padre en voz baja, para que la niña no pudiese enterarse del todo del motivo real por el que se encontraba allí.- Le hemos dicho que teníamos una hija, una niña, como ella, y ha querido venir enseguida a conocerte. ¿Qué te parece? -Concluyó mi padre, y clavó su mirada en mí, esperando una respuesta afirmativa por mi parte.

-Es genial. Yo me la quedo encantada, papá. Puedes bajar. Y bueno, habrá que preparar un plato más para esta hermosura, ¿no? -Dije dirigiéndome a la niña con mucha ternura.

Ella sonrió y mi padre lo tomó como un indicio de que nos íbamos a hacer grandes amigas. Salió por la puerta y la cerró tras de sí. En ese instante, suspiré, sin poder evitarlo, y Silvia me miró sin comprender.

-Silvia, ¿te puedo llamar Silvi? Tú a mí me puedes llamar Priss, aunque en realidad mi nombre completo sea Prisscilla. -La niña rió animada.

-¿A qué estabas jugando? -Preguntó, curiosa, mirando en todas direcciones.

-A nada. En realidad, estaba preparándome para bajar a comer... -Mentí, puesto que Kevin aún se encontraba allí escondido, y por un instante, al ver a la criatura, se me había olvidado.

-Escucha, Silvi, ¿me ayudas a buscar un duende verde con un gorro rosa que se me ha perdido? -Sí, lo sé, es absurdo, pero tenía que encontrar la forma de distraerla mientras Kevin salía del armario, sin referirnos a lo que muchos estaréis pensando, y baja de nuevo trepando por la enredadera.

-¿Dónde se ha escondido el duende?

-Si lo supiera... Iría yo misma a buscarlo. ¿Me ayudas? -Repetí.

Silvia asintió con un ligero movimiento de cabeza y salió de la habitación. En ese preciso instante, cerré la puerta y me dejé caer sobre la cama. Y entonces, lo recordé. Kevin seguía encerrado en el armario.

Me dirigí lentamente, pero con decisión, hacia el armario, y, con cuidado, abría la puerta. Esbocé un grito ahogado al no encontrar a mi amado allí dentro, escondido, tal y como lo dejé. Todo era demasiado extraño, y no sabía cómo afrontarlo.

-¿Kevin...? -Susurré, mas no obtuve respuesta alguna.

Me adentré en el armario, pero sin cerrar la puerta, pues aquello era demasiado misterioso. Avancé con cuidado, palpando las paredes, y rozando mis mejillas contra las chaquetas y abrigos que allí había. No era demasiado grande, pero sí lo suficiente como para avanzar unos pasos hacia el fondo. Me sorprendió no encontrar el final, es decir, palpar los límites del armario. Al cabo de unos segundos, el tacto pareció jugarme una mala pasada, pues aquellas paredes que estaba tocando se habían vuelto de repente muy suaves, incluso parecían de terciopelo. ¿Dónde me encontraba? No era capaz de ver nada, pero me preguntaba qué habría sido de Kevin allí dentro, y lo que era peor, qué sería de mí ahora...

Aparté las manos por un instante de las paredes que se asemejaban al terciopelo, tan suave y blando, y las utilicé para hacer a un lado las ropas que había delante de mi rostro. Entonces, pude apreciar una gran sala con muchísima más ropa. Sus paredes eran de color rosa pastel, con algunos tonos morados. Al fondo se podía distinguir una cama de tamaño mediano. Al otro extremo pude ver un tocador, sobre el cual se apreciaban restos de maquillaje, que indicaban que seguramente alguien había usado sus cosméticos para retocarse no hacía mucho tiempo. Pero, si mi memoria no me fallaba, y no era así, yo llevaba viviendo allí tres meses, es decir, todo el verano. No podía ser posible aquello, pues nadie más que mis padres y yo habitábamos la vieja casa.

Di un paseo con cautela por la habitación, y me quedé impregnada en el aroma que desprendía; flores silvestres. De repente, apareció ante mí la imagen de una niña abriendo un baúl y sacando de él una pequeña y delicada cajita. Tras contemplarla durante, más o menos unos segundos, se decantó por abrirla. Inmediatamente comenzó a sonar una melodía muy suave, tierna, y a la vez, escalofriante. Me transmitía melancolía, y mucha belleza impregnada de anhelo.

Aquella niña... Me resultaba extrañamente familiar. Juraría que la había visto en algún momento. Pero, ¿cuándo? ¿Y dónde?

La niña giró la cabeza, y en sus ojos pude ver el llanto mezclado con el olvido. ¿Quién sería? ¿Qué querría? ¿Por qué mi armario conectaba con su habitación?

Asustada, retrocedí. Intenté frotarme los ojos, e imaginar que no era real, que estaba soñando o sufriendo una alucinación. Salí apresurada de la habitación, crucé el armario, y pronto aparecí de nuevo en mi habitación. Cerré apresurada la puerta del armario, y me tiré en plancha a la cama.

Entonces, alguien me agarró de la mano... Dirigí la mirada hacia allí, y aprecié unos dedos gruesos, de apariencia masculina, que rozaban mi piel con suavidad.

-¿Kevin...? ¿Dónde te habías metido? Te he buscado en el armario y...

-Sh... -Me mandó callar, posando un dedo sobre mis labios.

Observé que señalaba el armario con curiosidad en la mirada. Luego se dirigió a mí y me dijo algo que jamás, desde entonces, pude olvidar...

-Veo que ya lo has descubierto...

-¿A qué te refieres?  -Pregunté, sin comprender. Entonces, caí en la cuenta de que quizás se refería a la habitación, a la niña, a la caja de música...

-Hace mucho tiempo, cuando yo tenía cuatro años, se produjo una desgracia en esta casa, en la que vives tú ahora. Vivía un matrimonio con una niña pequeña, que sería de mi edad, aproximadamente. No la conocía, tan sólo de vista, pues mis padres no eran de esos que se presentan a los nuevos vecinos y hablan y cotorrean hasta narrar toda su vida y escuchar la de los demás. Un día, los padres se dejaron las llaves puestas, y no eran capaces de entrar dentro de la casa. La niña, por casualidad, o por culpa del destino, de quedó encerrada dentro. No pareció darle mucha importancia, y, por lo visto, creo que aprovechó para hacer de las suyas. Cuenta la gente del pueblo que Silvia, así es como se llamaba ella, saltó y saltó sin parar en la cama, corrió por los pasillos, nerviosa e inquieta, y finalmente tropezó, cayendo de bruces al suelo. Se quedó allí inconsciente hasta que los bomberos entraron a rescatarla. Los siguientes días, la niña no volvió a comportarse como era propio en ella, y los padres empezaron a asustarse. Decidieron, pues, acudir a un especialista; un psicólogo. Este les informó de que Silvia había sufrido una conmoción, y que parecía estar completamente trastornada. Había perdido el norte, como se decía coloquialmente. En el pueblo, comenzaron a echar las culpas a sus padres, insinuando que eran unos irresponsables y que bien se merecían que su hija se hubiese vuelto loca, aunque lo sentían por la pobre criatura, siendo tan pequeñita.

<< No obstante, como los días, las semanas y los meses transcurrían y las miradas de los habitantes de Little Hollow no cesaban de intimidar a aquel matrimonio, decidieron poner fin a aquella locura. Encerraron a Silvia en el sótano, habilitando una pequeña pero acogedora habitación para ella, y dijeron a todo el mundo que la niña había sido enviada a un centro especializado donde, aseguraban, se curaría.

<< Aquello no benefició en absoluto su salud. Por las noches se escuchaban alaridos, llantos y gemidos de dolor. Yo me planteé más de una vez adentrarme en aquella casa y averiguar qué pasaba, pues siempre tuve hiperestesia, es decir, la capacidad de escuchar extremadamente bien, y percibía con total nitidez la tristeza y las ansias de libertad que allí, en una casa tan próxima a la mía, se reprimían.

<< Hasta que una noche se escuchó un alarido muy intenso, cubierto de sufrimiento y de angustia, y justamente después, pude apreciar a lo lejos, al mirar por la ventana de mi cuarto, un destello de luz llameante. Inmediatamente, comenzó a salir humo de la chimenea, y los gritos cesaron, para siempre.

<< Los años pasaron, y las personas que vivían en el pueblo se olvidaron de aquello. Además, el matrimonio desapareció esa misma noche de allí. Dicen los cosquillos, que así es como se llama aquí a los vigilantes nocturnos de las fronteras de Little Hollow, que un coche salió a toda velocidad por la carretera vieja, y que jamás se volvió a saber de aquella familia.

-Es una historia escalofriante, Kevin. ¿Cómo lo recuerdas tan bien, para ser tú tan pequeño?

-Pues la verdad es que lo recuerdo tan bien porque fue un acontecimiento que se quedó grabado en mí a fuego, y nunca mejor dicho... Y sé que lo recordaré tan nítido y con tanta intensidad de por vida...

-¿Cómo que nunca mejor dicho...? -Pregunté, asustada.

-¿No intuyes lo que le ocurrió a Silvia, Priss?

Propicié un grito ahogado. Mis facciones mostraban horror, y mis ojos comenzaron a quebrarse; su brillo pronto se convirtió en lágrimas de dolor e incredulidad. En la casa en la que yo vivía ahora mismo, hace doce años, una niña murió calcinada por sus propios padres...

Y justamente, en el momento en que Kevin me abrazaba para intentar reducir mi angustia, la puerta de la habitación se abrió, y por ella apareció Silvia, vestida con un camisón de flores. Su rostro mostraba una enorme sonrisa, que se borró de golpe al observar mi reacción.

-Esa niña de la que me has hablado, que vivía aquí mismo, que dormía en una habitación contigua a la mía... -Dije, mirando a Kevin a los ojos.- ¿Es ella...?

sábado, 23 de febrero de 2013

Capítulo 42. La sorpresa de Alba.

Cuando inicié sesión en el tuenti, de forma casi instantánea aparecieron dos conversaciones. Me estaba hablando Iván, y la otra persona era… ¡Aitana!

No sé por qué lo hice, pero abrí primero la de Iván. Me preguntaba directamente por mi mejor amiga; si había hablado con ella del asunto, es decir, quería averiguar si le estaba allanando el camino.

Cerré de golpe, sin contestarle siquiera, y sin percatarme de que habían modificado el chat, lo que suponía que ahora él podía enterarse perfectamente de si yo leía o no los mensajes.

Me dio lo mismo. Ahora lo único que quería era alejarme de intereses y centrarme en ponerme al día, pues seguro que Aitana tenía mil cosas de las que hablar conmigo. Hacía dos meses y medio, casi tres, que no sabía nada de ella.


Aitana Merzy: ¡Hola, Princesita!

Yo: ¡Hola, mi niña!

Aitana Merzy: ¡Cuantísimo tiempo sin saber nada de ti! Pensaba que ya no me querías…

Yo: Lo sé. Ha sido un calvario… No he podido conectarme ni llamar por teléfono en todo el verano. Estaba incomunicada por completo, pero no te creas que te he olvidado. Eso no pasará nunca, ¿me escuchas? NUNCA. Ante todo, siempre serás mi mejor amiga, independientemente de que hablemos más o menos, o nos veamos más o menos a menudo…

Aitana Merzy: ¡Gracias, peque! ¡Lo mismo digo! ¡¡Enserio que me hace muchísima ilusión volver a hablar contigo!! Echaba de menos las largas conversaciones hasta las tantas de la madrugada contándonos cualquier cosa y riéndonos a carcajada limpia.

Yo: Yo también lo he echado muchísimo de menos. Pero seguro que ahora podemos volver a hablar mucho. ¡Ya verás!

Aitana Merzy: ¡Sí! Y bueno, ¿qué has hecho este verano?


No me lo podía creer. ¿Aitana preguntándome a mí primero, antes de ponerse a hablar de sí misma? ¡Cuánto había cambiado esta chica, por el amor de Dios!

Ahora me tocaba el turno a mí. Era la importante, porque me había alejado del mundo, por así decirlo, durante unos meses, y claro, seguramente quería saber de mí más que de ella misma…

Mi decisión de contarle lo de Kevin era muy compleja. ¿Se lo decía, o le mentía? Es verdad que somos amigas y hay confianza, pero era mi primer novio, y contarlo cuando nadie excepto él y yo lo sabíamos me parecía como poco para pensárselo.

A pesar de todo, decidí darle un voto de confianza. Pensé que si éramos amigas era por algo más que por tradición, ya que lo manteníamos desde muy niñas.


Yo: Pues la verdad es que me ha ido muy bien aquí. Pensé que sería un horror y que me iba a morir del aburrimiento, pero todo lo contrario. He conocido a alguien… Y bueno, estoy saliendo con él.

Aitana Merzy: ¡Ala! ¡¿Qué me estás contando, tía?! ¡Me alegro mucho por ti! Ya era hora de que me consiguieras un cuñado, ¿no? Pues a ver si me lo presentas, que seguro que me voy a llevar muy bien con él. Me tienes que contar todos los detalles, ¿eh?

Yo: Sí, seguro que os caéis muy bien. ¡No lo dudo para nada! Y bueno, ¿qué tal tu verano, Aitana?


No estaba muy convencida de querer presentárselo. La verdad es que Aitana tenía la fama de ser muy ligona, y tenía miedo de que quisiera algo con Kevin también.

Por una vez, era yo quien había conseguido un chico estupendo, y no quería perderlo por nada del mundo.

Aun así, decidí que se lo presentaría, seguramente cuando la invitara a venir de vacaciones, por obligación de mi madre. Aunque, si tuviese que confesar la verdad, estoy deseando que me diga que sus padres no le permiten venir, con la excusa de que está muy lejos de la cuidad.

¿Pero qué me pasa? ¿Por qué estoy así de paranoica? Al fin y al cabo, es mi mejor amiga, no debería robarme a Kevin. Y por otra parte, si Kevin me quiere de verdad, no va a fijarse en otra.

Dejaré de pensar en esto y me centraré en aparentar normalidad…


Aitana Merzy: Pues he ido de vacaciones a la playa con mi prima Neira. Allí conocí un chico, muy simpático y cariñoso. Tuvimos un lío de verano, pero él se encaprichó demasiado conmigo y el día que me tocó volver a la cuidad me montó un numerito en plena playa. Lo tenías que haber visto, Priss. “Aitana, por favor, no me dejes. Podemos vernos todos los veranos, aquí, en Concial (así se llama el pueblo donde estuvimos alojadas). Aitana, te quiero…”. Se puso a llorar y todo. Me dio mucha pena, pero también vergüenza. Nos miraba toda la playa. Yo deseaba en ese momento que me tragase la tierra. Puff…

Aitana, como siempre, ha actuado de rompecorazones. Cuando le gusta un chico, va a por él, pero si se cansa, le deja sin reparos. Y lo peor es que se lo dice a la cara, sin tapujos. No tiene tacto con ellos… También hay que añadir que no estoy yo para sacar un pañuelo de mi bolso y blindárselo al pobre chico que le toque sufrir la escena, acompañado de unas palabras reconfortantes que no sirven de alivio alguno, pero la intención es lo que cuenta. “Tranquilo, aparecerá alguien que sepa apreciarte…”. Después me marcho, con la cabeza gacha, y voy a preguntarle a Aitana quién será su siguiente objetivo.

Si lo analizamos desde fuera, mi comportamiento ha sido de secuaz, y la verdad, estoy cansada. Ahora empiezo a comprender por qué Alba se quedaba siempre al margen. Es normal, si Aitana asumía el liderazgo, o más bien lo imponía, e intentaba apartar a todo aquel que supusiera una amenaza para ella. Alba era su peor amenaza, porque siempre ha sido muy espontánea, risueña, soñadora, y sobre todo, siempre ha tenido la capacidad de poder pasar de los demás. No se deja dominar, ni tampoco va detrás de nadie. En cierto modo, la admiro. Pero claro, su forma de ser la ha llevado a la soledad. A día de hoy, soy su única amiga, y eso tiene que cambiar, ¡pero ya!


Yo: ¡Vaya! Lo siento mucho por él… ¿Cómo se llama?

Aitana Merzy: Se llama Ismael.

Yo: Ah, bonito nombre. ¿Y qué pasó al final con él?

Aitana Merzy: Pues nada, que lo dejé allí plantado. Me marché sin mirar atrás, y eso que se puso de rodillas y todo. ¡Vaya con Ismaelito, qué pesadito!

Yo: Bueno, lo mismo estaba enamorado de verdad. Piensa que te ven y se enamoran.


Comencé con mi ironía. Estaba siendo un poco borde, pero era tan poco ingeniosa, que no la captaba. Pensaba que la estaba halagando.

Como me estaba poniendo de los nervios, decidí decirle que iba a un momento a limpiar el jardín, pues mi madre no me pasaba ni una por una irregularidad que cometí al levantarme tarde un domingo, en el que se suponía que teníamos mucho que hacer. Todo era mentira, pero era eso o seguir siendo borde y cargarme una amistad de años.


Aitana Merzy: Está bien. Nos vemos ahora después. No sé si estaré conectada. Si no estoy, me mandas un privado o lo que sea para que me conecte cuando vayas a hacerlo tú también y así podamos coincidir las dos. ¡Un besazo, guapa!

Yo: Besitos, Aitana. ¡Cuídate mucho!


Bloqueé momentáneamente a Aitana del chat, simplemente para evitar que me viese conectada. Mientras lo hacía, apareció una tercera ventana de conversación. Esta vez era… ¡ALBA! ¡Mi querida Alba! No lo dudé y comencé a hablar con ella muy animadamente.


Alba Yensy: ¡Hola, Priss!

Yo: ¡Albita, cariño! ¡¿Cómo estás?!

Alba Yensy: Bien, ¿y tú? ¿Cómo ha ido el verano? Estaba preocupada por si pasaba algo. Te dejé algún que otro mensaje, y esperaba siempre una respuesta, pero como no llegaba, algunos días me plantee la posibilidad de que hubieses hecho nuevas amistades y te hubieses olvidado de mí… Bueno, de Aitana y de mí.

Yo: Alba, sabes que eso no va a pasar jamás. Yo os quiero mucho a las dos y no cambiará nada, ¿vale? Quiero que me digas que sonríes cada día, para poder reflejar en mi mente esa imagen, de una chica guapísima muy feliz. 

Alba Yensy: Muchas gracias, Priss. Enserio que me ha animado mucho saber que no estás enfadada y que tampoco nos has olvidado.

Yo: ¡Claro que no, mi niña! Y bueno, ¿qué has hecho este verano?

Alba Yensy: Pues… He estado metida en casa. No tengo muchas ganas de salir.

Yo: Bueno, hay muchas formas de divertirse, y estar en casa es una de ellas. Se pueden hacer mil cosas y no es necesario salir fuera.

Alba Yensy: Y… Bueno, yo… Hace tiempo que quería contarte algo que me ha pasado…

Yo: Cuéntame, Alba. Sabes que si puedo te voy a ayudar siempre. Somos amigas.

Alba Yensy: Muchas gracias, Priss. Pues verás… Yo…

Yo: No tengas miedo ni vergüenza, anda.

Alba Yensy: Vale… Pues lo que quería decirte es que estoy saliendo con un chico.

Yo: ¿Cómo? ¿Enserio? ¡Tía, eso es MARAVILLOSO! ¿Es tu primer novio?

Alba Yensy: Sí… Muchas gracias, Priss. Me daba miedo contarlo, por si te reías o no te lo creías…

Yo: ¿Por qué iba a reírme? En todo caso, me alegraría, tal y como estoy haciendo ahora, Alba.

Alba Yensy: No sé cómo agradecerte todo, Priss. Eres increíble. No es por decir nada, ni ofender, pero pensaba que en el caso de Aitana, se reiría, y bueno, se me cruzó por la cabeza la idea de que tú, como eres su mejor amiga, también lo hicieses. No debí haber pensado eso. Lo siento mucho…

Yo: No debes disculparte para nada. Es normal que lo pensaras. Pero si me dejas, te contaré un secreto. Ya no confío tanto en Aitana. Hay algo en ella que no me gusta. Estoy descubriendo aspectos de ella que no me convencen… No sé si debo fiarme. Pero, Alba, tengo miedo… Se supone que es mi mejor amiga, y ya no es digna de mi confianza. ¿Qué me está pasando? O mejor dicho, ¿qué le pasa a Aitana?

Alba Yensy: No lo sé, Priss. A mí nunca me dio buena espina. Es demasiado… No sé, desconsiderada conmigo.

Yo: Bueno, pero seguro que con hacerle menos caso nos sobra. Intentaré averiguar lo que me pasa y por qué me comporto así o tengo esas sensaciones con respecto a ella, ¿vale? Tú no te preocupes, anda.

Alba Yensy: Muchas gracias, enserio…

Yo: No hay de qué, Albi. Por cierto, cuéntame cómo lo conociste. A tu novio, me refiero…

Alba Yensy: Pues… Me da un poco de corte contarlo, la verdad. ¿Te gustaría leer mi diario digital anónimo? Allí es donde escribo de forma abierta y espontánea todos mis sentimientos con respecto a mi vida. Y últimamente, todos rondan en torno a él.

Yo: Estaría encantada de leerlo, Alba. Me ilusiona mucho que quieras compartirlo conmigo. Revelar la identidad de quien lo escribe, para una chica tan tímida como tú, tiene mucho mérito. ¡Muchas gracias por confiar en mí!

Alba Yensy: Eres digna de merecer tal confianza, Priss. La dirección es esta: http//www.midiarioessecretoperotienedueña.blogspot.com Espero que te guste, de verdad. Ya me darás tu opinión al respecto cuando lo leas… Bueno, si quieres. No te obligo a nada. Pero prefería que lo leyeses porque no sería capaz de expresarlo mejor que en mi espacio personal…

Yo: Lo leeré encantada, mi niña. Y además, ¡voy a empezar ahora mismo!

Fue dicho y hecho. Copié el link y entré en el blog. En apenas unos segundos tenía delante el diario secreto digital de Alba. Busqué en las publicaciones y comencé a leer la primera. Lo había escrito en Abril de este mismo año. Decía así…

“Todas las historias de amor tienen un bonito comienzo,  que nunca se olvida.


Es casi imposible sentir amor a primera vista, pero hay veces que sucede. Cuando yo lo conocí, él tenía 16 años, y estaba de vacaciones de verano. Desde aquel día, 3 de Agosto de 2011, mi vida jamás volvió a ser la misma. No os asustéis, porque cambió a mejor. Comencé a sentirme feliz...


Un día, que yo creía que sería uno más y otro menos en mi vida, me llegó un mensaje privado a la web Asco de Vida, donde yo entraba todos los días aquel verano. Comencé a conversar con él, y poco a poco, nos fuimos conociendo, hasta llegar a agregarnos al tuenti y al messenger, donde seguiríamos hablando más a menudo y conociéndonos más a fondo. 

Yo para nada sospechaba que él iba a ser mi príncipe azul, el hombre de mi vida, mi sueño hecho realidad al fin...”.

¡Pero qué bonito! ¡No sabía que Alba fuese tan profunda! No pude resistirme, y seguí leyendo…

“Poco a poco, la confianza entre nosotros apareció...

Cuando dejamos de hablar por Asco de Vida y nos pasamos al Tuenti, conversábamos más a menudo, y así fue surgiendo la confianza entre nosotros dos.

Él para mí ya era muy importante. Lo necesitaba. Quizás no me esperaba que pudiéramos ser pareja, pero quería tenerlo siempre en mi vida...

Un día tras otro, él me escribe. Se acuerda de mí...


Un día tras otro, él me escribe, y aunque no lo vea de la misma manera que ahora, su corazón me necesita. No cesan los mensajes en los que me dice que quiere hablar conmigo, en los que me pregunta qué tal me va todo, y en los que, si sabes leer con detenimiento, te das cuenta de que hay amor...


Lo que creía que era una simple amistad para él, que nunca me amaría, se convirtió en una preciosa historia de amor... En cada una de sus palabras hay un "Te necesito a mi lado" escondido, aunque yo no supiera verlo en su día...

Luis Corzy 12 de Abril, 16:47


¡¡Holaaaaaaa!! ¿Qué tal va el día?? Estudiando mucho supongo, ¿¿no??

Luis Corzy 02 de Abril, 19:24

¡Holaaaaaaaaaaaaaaaa! ¿Qué tal el día, guapísima?? Yo esta mañana he estado dándole clases a mi primo... Soy un profesor malísimo jajaja No sabía cómo explicar algunas cosas... Y eso que es primero de la E.S.O... Y ahora, por la tarde, no he podido estudiar... ¿Tú qué tal todo? Te quiero <3

Llegan los trabajos, los exámenes, y tú no apareces...


Cuando llegan las obligaciones y no puedes conectarte porque estás ocupada, y a diferencia de otras personas, no eres capaz de concentrarte a la vez que chateas, dejas de aparecer conectada muchos días. Él siempre espera verte conectada, hablarte, que le alegres el día, pero tú no estás. Estás tan ocupada haciendo trabajos, estudiando, y preparando todos los asuntos del instituto, que no caes en la cuenta de que él te necesita a su lado, de que eres parte de su vida, que no puede ser feliz del todo si tú no estás.


Tanto tiempo creyendo que tú no eras importante, que daba lo mismo si hablabais o no, que no le parecías alguien especial, pero te equivocabas. Lo único que pasaba era que disimula tan bien, que no eres capaz de leer entre líneas, ver en cada palabra que te escribe que quiere que estés a su lado, que le consueles en sus días malos, que le cuentes cosas alegres, que le sonrías...


Por eso no caías en la cuenta de que él necesitaba que tú te conectaras, aunque sólo fuera por unos minutos, para saludarle y contarle que estás bien, que sólo estás estudiando unos días, pero que vas a volver, por y para él...


Cuando tú te conectabas y veías un mensaje suyo, tu corazón sentía alegría, porque sabías que aunque pudiera ser que no te amara, por lo menos se acordaba de ti y había esperanzas...
Y así pasaron los meses, hasta que me di cuenta de que le amaba, que no podía vivir sin él, y que necesitaba que fuéramos un NOSOTROS.

A pesar de todo, él siempre está dispuesto a esperarte, sin importarle las horas o los días que tardes en aparecer...”.

¡Vaya! ¡Qué majo parece Luis! Seguro que es muy buen chico. Me pregunto cómo se puede tener tantísima suerte por Internet, con lo mal que me han hablado en general de las relaciones a través de la red.
¡Me alegro tantísimo por ella…! Pero quiero saber cómo sigue todo, porque por ahora, lo que llevo leído no me da pistas sobre cómo empezaron a salir los dos tortolitos. Proseguiré pues…

La vida no es siempre de color rosa o verde…

Pero no todas las historias son siempre de color rosa o verde, siempre hay personas que se meten en medio y nos confunden, nos hacen creer que no tenemos nada que hacer, o que no somos nada comparado con ellas...

Tras unos días tonteando, se me ocurrió decirle que le quería, que sentía algo más que amistad por él. Yo tenía algunas esperanzas de que él sintiera algo más que amistad por mí, después de haber tenido unos días apasionados como los que vivimos.


Pero me equivoqué. Él no sentía ni por asomo lo mismo. Me dijo que no me obsesionara con él, que viviera mi vida, que él sólo era un amigo, que no podríamos ser más que amigos toda la vida. Luego me dijo que esperaba que no tuviera que verse forzado a ser menos cariñoso conmigo, sólo para que yo no confundiera las cosas...

Y entonces me habló de ella… De Patricia, la chica que había conocido también en Asco de Vida, como a mí. Me contó que ella se masturbaba pensando en él, con una foto suya. Se me partió el corazón. No pude hacer otra cosa que llorar desesperadamente y pensar en olvidarme de tener algo con él, porque jamás pasaría.

Así pues, me dije a mi misma que dejaría que ellos fueran felices, que era absurdo estar compitiendo, porque él no me quería, y yo sólo podría confundirlo más, y hacer que sintiera pena por mí.


Fingí que no había pasado nada de lo que pasó, y seguimos como si nada. Dejé de decirle que lo quería, dejé de ser cariñosa con él, en la medida de lo posible, dejé de ser yo misma.


Incluso pensé en irme de su vida un tiempo, dejar que todo aquello fulminara. Pero él me dijo que me había conocido a mi antes, y que nunca iba a estropear nada ni a estorbar. No entendía muy bien por qué no iba a estorbar yo en una relación entre dos personas, pero ahora tengo las cosas mucho más claras. También sentía algo por mí, que no sabía describir. No quería dejarme marchar...

Aquel día escribí en mi twitter un mensaje que describía perfectamente cómo me sentía por dentro.

A.L Dreaming with you ‏@Love19

Eres lo que siempre busqué. Pero ella llegó antes que yo y conquistó tu corazón. Sólo me queda apartarme y dejar que seáis felices juntos...”.

Dejé de leer. Comencé a sentirme muy mal. ¿Cómo osaba esa tal Patricia comportarse así? Estaba bastante indignada, y eso que yo era una persona que no tenía nada que ver. Sería algo así como un espectador. Una lágrima rebelde resbaló por mi mejilla izquierda, y, sin darle importancia, continué leyendo.

“Yo también le había confesado a él que me gustaba alguien, pero claro, eso era antes. Ahora ya no. A día de hoy, a quien amo es a Luis…”.


Después de leer toda esa historia, me quedé atónita con muchos de los hechos que en ella pasaban. No me había dado cuenta, pero casi era la hora de comer, cerca de las dos del mediodía, y hacía un rato mi madre subió a decirme que los vecinos comerían en casa, pero como estaba completamente absorta en mis pensamientos y en lectura del diario de Alba, no me enteré de lo que pasaba a mi alrededor.

Me despedí de mi amiga y le dije que me conectaría lo antes posible, para así darle mi opinión sobre la historia. Le comenté rápidamente que tenía comida en casa con los vecinos, y que después le daría detalles al respecto. Desconecté el chat, sin acordarme a penas de lo de Aitana, y me di mucha prisa, pues no me quedaba a penas tiempo antes de que llegasen nuestros invitados.

Apresurada, corrí al baño y me lavé el cuerpo rápidamente. No me dio tiempo de lavarme el pelo, así que me lo recogí en una graciosa coleta. Me vestí con lo primero que vi en el armario, pero sin descuidar que todo combinase bien. Justo cuando casi había terminado, escuché el timbre de la puerta principal.

Nunca en mi vida había corrido tanto para poder terminar de arreglarme el pelo, cerrar el ordenador y ponerme los zapatos para poder acudir a comer.

Cuando bajé al piso de abajo, mis padres ya habían abierto la puerta, y los padres de Kevin se encontraban junto a los míos charlando animadamente en el salón principal de mi casa. Pero, era extraño... ¿Por qué no había venido Kevin con ellos?

Extrañada, avancé con decisión hasta donde ellos se encontraban, y, tratando de ser educada y saludar antes de preguntar tan ansiosamente por él, di dos besos a sus padres, no sin antes haberles dedicado una amplia sonrisa. 

-Hola, ¿cómo están?

-Hola, cariño. Estamos bien, tranquila. -Respondió la madre de Kevin.- No es necesario que nos trates de usted, ya casi somos una gran familia. 

Me quedé helada. ¿Qué querría decir con eso? ¿A caso sabía que Kevin y yo estábamos juntos, o peor aún, me intentaba advertir con fingida simpatía que no me acercase a él?

Todas mis dudas se aclararon cuando el padre de Kevin continuó hablando, completando lo que había dicho su mujer.

-Lo que queremos decir, Prisscilla, es que estamos prácticamente al lado, y nos vemos más que a nuestra propia familia. ¿A que a tus tíos no los tratas de usted? Pues a nosotros tampoco, chiquilla. 

Todos rieron animadamente. Yo también me reí, pues tengo costumbres algo extrañas, como es el caso de llamar de usted a las personas con las que a penas tengo confianza, a pesar de haber conocido bastante tiempo atrás y haber coincidido en notables ocasiones con ellos.

Abrí la boca para decir algo, pero la cerré al instante, cuando observé atónita cómo la madre de Kevin respondía a la pregunta que me estaba formulando mentalmente desde que había visto que él no estaba con sus padres: ¿Dónde está Kevin?

-Kevin me ha dicho que te diga que ahora viene, que está terminando de hacer una cosa en casa. No me ha querido desvelar lo que era, pues ya sabes que es un poco reservado a veces, o casi siempre... 

-No pasa nada. Lo comprendo. -Dije con una sonrisa algo forzada.- ¿Puedo estar a mi habitación hasta que la comida esté lista? -Pregunté dirigiéndome a mis padres.

-Por supuesto, hija, faltaría más. Nosotros vamos a picar algo mientras se termina la comida y llega Kevin. 

-Me parece una gran idea. Yo subo al piso de arriba, que no tengo mucha hambre aún. Pasadlo genial, los cuatro.

Dicho esto, y con otra amplia sonrisa, que por suerte no notaron que le faltaba veracidad, me despedí y subí los escalones a toda prisa.

Una vez en el piso de arriba, me dirigí hacia mi habitación, recorriendo así el largo y poco iluminado pasillo que conducía hasta ella. Abrí la puerta, y la cerré cuando estuve dentro. No era muy propio de mí poner carteles del estilo: "No pasar, estoy ocupada". Pero habría deseado ponerlo en esta ocasión. No tenía muchas ganas de saber nada del mundo. 

Me encontraba algo desconcertada. Kevin no había venido todavía. Pero... ¿Qué estaba haciendo? Estaba intrigada. No triste, pero sí algo confusa e intrigada.

Me senté en el borde de la cama, y suspiré. Al instante, comencé a notar una corriente de aire fresco que invadía mi piel, y como consecuencia me erizaba el bello. 

Me giré con delicadeza, algo extrañada, y observé que la ventana permanecía abierta y las cortinas se encontraban agitadas por el viento. No recordaba haberla abierto, pero eso ahora daba igual, debía cerrarla si no quería coger un catarro los últimos días antes de empezar el instituto.

Al acercarme, me quedé embobada mirando la habitación de Kevin, que se apreciaba con total naturalidad desde allí. 

-Ais, Kevin, no hace ni cuatro horas que te vi por última vez y ya te echo muchísimo de menos... -Expresé en voz alta, creyendo que nadie podía escucharme, pero me equivocaba. En ese preciso instante, unas manos taparon mi boca y mis ojos, y me quedé paralizada, presa del pánico y del desconcierto...